
"(...) Fue una noche fantástica. Uno podía perderse en aquel ruido. Los pequeños problemas, como el hecho de no tener dinero ni sitio donde dormir, se disolvieron en un mar de acordes, sudor, cerveza, energía y cuerpos palpitantes que saltaban frenéticamente sin parar en su distante aproximación al ritmo de la música. Doug nunca había oído aquellas canciones, pero en los meses y años siguientes serían sus mejores amigas: "Deny", "London's Burning", "Janie Jones". Se quedó alucinando viendo y oyendo cómo Joe Strummer le gritaba, chillaba, cantaba y aullaba al micrófono; el pelo lacio por el sudor, las venas del cuello tensas y palpitantes de sangre. Doug se entregó a aquel sonido y se pasó una hora bailando como loco en el denso y palpitante corazón de una masa de unas doscientas personas o más. El calor y la energía eran arrolladores. Cuando se acabó, fue dando traspiés hasta la barra y se hizo un sitio a codazos mientras los fans clamaban por apagar su sed. Le empujaban y le daban empellones y él les devolvía los empujones como el que más, y por primera vez en todo el día se sintió, inesperada y maravillosamente, como si estuviera en casa. (...)"
El club de los canallas. Jonathan Coe
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